jueves, 19 de abril de 2018

En el día mundial de la bicicleta, un cuento que llega rodando...

Cuento del caballero solitario


“Hace mucho, muchísimo tiempo”, comenzó Juana, “existió en algún lugar un
caballero solitario.
Era un hombre extraño y mágico a la vez. Sobre su hermoso caballo, en el que se mezclaban los colores del sol en poniente, y con sus vestiduras siempre rojas, cruzaba puentes y castillos. Volaba como una flecha, como una chispa de fuego entre ciudades y desiertos. Sin embargo, no existía la prisa en sus pensamientos. Tampoco el tiempo. Su única finalidad en esta existencia era rescatar bellas y dulces princesas y destronar terribles y malvados ogros. Su vida lo llenaba casi completamente. Casi, porque era todo un profesional en lo suyo, pero en el fondo de su ser, sentía que algo faltaba.
-No, pensó.
-No es posible que sea un caballero solitario. Debo hallar algo que cubra ese vacío.
Y,  tomando su teléfono celular de la alforja, llamó a su secretaria, concretó dos negocios, dejó instrucciones precisas que se debían seguir en la compra de unos edificios y dejó un mensaje por si lo llamaba alguna de sus lejanas amigas…”
-¡Ah, no!, dijo Margarita. No puede ser un solitario y que tenga amigas que lo llamen.
-Uno puede estar rodeado de gente, tener miles alrededor y estar solo. Meditó Juana mientras frenaba su bicicleta en la entrada de la escuela y daba por terminado, su cuento rodante del día.

Clara Silvina Alazraki


Imágenes:
Caballero


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martes, 17 de abril de 2018

Adivinador, adivina...

En 4º "B", un grupo de compañeros se transformó en profes...
Entre todos, prepararon un lindo juego para compartir con el resto del grupo.
Pensaron las palabras, definieron las pistas y luego lo pasaron en compu.
Hoy, ya impreso, lo presentaron en clase.
Cada uno tuvo su grupo de trabajo e incluso fueron quienes pusieron la nota...
¿Te animás a resolverlo? (las respuestas están en letras chiquitas abajo, pero ¡no vale espiar!!!)
¡FELICITACIONES Abril, Delfina, Hernán, Tiago L., Benito y Luca! 
Seño. Clara


Extra:



Respuestas:
tranquera
truco
gato
empanadas
paisanos
caballo
tortas fritas
bombo
Pericón
folklore
asado

jueves, 8 de marzo de 2018

Día de la Mujer y ¿una? historia para compartir...


Para mis amigas, las que conozco y las que aún no he descubierto.
Para las mujeres, que hoy festejan... festejamos nuestro día.
Para todo el que quiera leer y tenga ganas de sumergirse por un ratito en palabras hilvanadas con cariño, un regalo en este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer:

Entre fantasmas e ideas


A veces resulta  difícil escribir un cuento sobre un tema en particular y más, si una se propone ser esquemática, plantearse un asunto  y sexo determinados. Por eso di vueltas y vueltas alrededor de esta idea, sin que nada naciera en mi cabeza y muchas palabras fueran degolladas por la barrita vertical de suprimir del teclado…
Así estaba, cuando, de algún lugar, salió Don Cristóbal Colón, el mismísimo “descubridor”, que en persona, venía a explorar mis hojas en blanco.
-Ese cuento es más fácil de imaginar que un viaje en carabela hacia China. Lo único que necesitas es… digamos una capitana pirata que asalta navíos, tiende emboscadas y se apodera de todo el oro posible. Para el final, reservás un encantador príncipe que la cautiva y, herida de amor, deja todo para convertirse en una honrada ama de casa que después de unos años será una mujer gorda, arrugada y cargada de hijos.
-Mmm . Pensaba que ese tipo de razonamientos no existían en su época. Parece que me equivoqué- le dije, mientras me mordía el labio para no reírme y, a la vez, hacerlo desvanecerse con un pestañeo.
-Todo cambia. Considerá que si hubiese permanecido con mis viejas ideas, mi acento seseante y todo ese vocabulario que hoy, ni en España se escucha, no hubiese tenido la ocasión de evolucionar  y,  a estas horas, me encontraría terriblemente espantado al volar sobre alguna calle y verlos, verlas. Pensá en mi época, esos miriñaque armados, metros de tela que querían ocultar curvas que se revelaban igualmente y hoy, señoritas semidesnudas caminando alegras en el shopping… Ah! ¡Cómo me gustan las minifaldas!!!
En ese momento, desapareció. Mejor, pensé, podré volver a enfocarme en el tema.
Pero parece que no era mi día.
Mientras Las manos estaban bailando sobre el teclado, una silueta se desprendió de la pared. La miré bien. No recordaba haberla visto. Era casi irreal. Estaba envuelta en una claridad que se enturbiaría con una descripción con simples palabras.
-¿Quién eres?
-Soy lo que llamarías bruja…creo. Pertenezco al futuro. Leí tu cuento y vengo a actuar la parte que me corresponde.
-Ah! Así que lo voy a terminar… a escribir, mejor dicho! ¿¿¿Una bruja???

-Sí. Según las formas de pensamiento actuales, creo que sería la palabra justa que describe mi profesión. No preparo caldos siniestros, ni vuelo en una escoba. Tampoco practico orgías. Solo trato de alegrar los últimos minutos de vida de la gente (también me llaman “hada de la muerte” en algunos lugares). Sé que en estos tiempos, el final de la existencia terrena es muy temido por mucha gente. Cuando les toque recorrer otros caminos que se superpongan con los ya transitados, tendrán conocimiento de experiencias pasadas y reirán de esos miedos. La muerte solo será algo necesario para crecer y conocer y el único, pero pequeño, insignificante dolor, llegará cuando, al cambiar sus cuerpos, dejen el que usaron durante tanto tiempo por otro nuevo, sin estrenar. En ese punto, entro yo. Mi trabajo es casi médico: un parto de almas, donde lo más difícil sobreviene en el cruce de ese puente, de lo viejo a lo nuevo. Debo tener mucho cuidado porque el ser es tan etéreo que, a veces, puede diluirse en un suspiro. Si esto ocurre, debo perseguirlo, atraparlo y acomodarlo en el sitio ya designado. Solo aquellas almas puras que han recorrido todos los caminos posibles tienen el derecho a liberarse de la fase de conocimiento en el plano físico. Cuando surge alguno de estos, siento que cada una de las fibras que me componen, vibra al son de una música celestial que inunda todo. El antónimo de este estado, es lo que llamo un alma bebé. Tan frágil y pequeña como un recién nacido prematuro. Volviendo a tu cuento, te dejo una pista: puedes hacer de mí, su protagonista. Solo piensa en el hecho de que  conquisto a la muerte pero la soledad me conquista a mí.
Con estas palabras se esfumó en el aire dejándome con un desconcierto peor del que poseía al principio (donde no tenía nada, pero tampoco estaba confundida, solo con escasas ideas).
Otro fantasma, salido de la nada, se deslizó entre las hojas.
-¡Esto es la medida que colma mi paciencia, - le grité;- si es otra historia rara, busco el punto final y los acabo a todos de un plumazo!
-¡No!- chilló- ¡No me mates, por favor, que aún soy joven en esta ¿vida? errante!
Una viejita se materializó a medias sobre uno de los sillones. Sus dedos se movían como en  un teclado de piano sobre su falda, tal vez con miedo, por mi amenaza previa.
-¿Quién es usted?
-No importa quién soy, ni que represento, solo que vine a ayudarte. Te voy a contar mi historia y si la crees interesante, la podrás usar en tu cuento.
Nací en Italia, en una aldea perdida de la que no importa el nombre. Cuando contaba con trece años, mis padres decidieron emigrar para, tal vez así, cambiar su suerte, su mala fortuna y huir de las guerras y miserias que los agobiaban. Partimos una inolvidable mañana de abril, llevando prácticamente solo lo que teníamos puesto y alguna chuchería que ocupaba un lugar ínfimo.
El viaje fue horrible. Uno de mis hermanos menores, no lo pudo resistir y murió antes de llegar a puerto firme. Lo acuna alguna ola, ya que ni siquiera podíamos quedarnos con su cuerpo: todo lo que no servía era arrojado al mar, más lo que podría originar enfermedades a los otros. Entre pestes y tormentas, cada vez éramos menos. El océano era un inmenso colador del que se escurrían los más débiles.
Llegamos a Buenos Aires en medio de una sudestada. Todo era hostil. Nada invitaba a quedarnos. Ni siquiera la poca gente, que curiosa,  desde los muelles, nos observaba a distancia, tal vez temiendo contagiarse de nuestros padecimientos. En la Aduana, revisaron documentos y nos dejaron marchar.
Ya nada nos ataba a una tierra lejana. Tampoco a esta, que pisábamos casi sin sentirlo.
Luego, pasó lo previsible: caímos en un inquilinato, del más pequeño al más grande, tuvimos que trabajar para sobrevivir. Nos robaron. Nos pegó la miseria.
Siempre que intentábamos levantarnos, había algo que nos hundía. El dinero que cobrábamos, apenas alcanzaba para la comida de cada día. Estábamos desesperados.
Una noche, volvía de la fábrica cuando me arrojaron un baldazo con agua. Quedé parada, en medio de la vereda, chorreando agua , lágrimas y bronca. Dos muchachos se aproximaron riendo.
-¡Qué sopita para mi olla!
-¡Si hasta sal, trae!- gritaron entre carcajadas.
-Mi ropa… co… como voy a ir mañana a trabajar? – tartamudee entre sollozos.
-Bueno, nena, no es para tanto, cambiás las pilchas y listo.- dijo uno, guiñándome un ojo.
-No tengo otra cosa y si mañana falto, pierdo el empleo…
Ellos se miraron entre si y uno, alargando una tarjeta dijo:
-No te hagás problemas. No se acabó el mundo por un jueguito de carnaval. Cuando puedas salir de tu casa, andá a esta dirección y listo. Dijeron mientras miraban a lo lejos, buscando otra víctima para sus mojadas bromas.
Llegué a casa entre las burlas de los vecinos y las risas de los chicos. Imagínate, estaba tan empapada que cada vez que me detenía, se formaba un charquito.
De allí en adelante, mi destino cambió. Gracias a un chapuzón inesperado, conseguí un empleo mejor pago que el anterior. Los muchachos pertenecían a una de las familias porteñas más adineradas. El padre era poderoso y manejaba los hilos de la política a su favor. También conseguí novio, uno de sus hijos comenzó a cortejarme.
Mi familia, salió adelante, después de tantas amarguras. Mis hermanitos comenzaron a estudiar, también yo. Más adelante me casé.
Todo parecía una novela.
Mi esposo murió al poco tiempo, embestido por un coche.
Sola, sin descendencia y con mi familia política queriendo sacarme lo que me
correspondía, me mudé al interior, a una vieja finca mendocina que me había legado mi matrimonio. Al tiempo, dos de mis hermanos vinieron a vivir conmigo. Teníamos buenos campos y comenzamos a sembrar vides. Fue un trabajo duro, arduo, que con el tiempo, comenzó a dar sus frutos. Nos convertimos en terratenientes, ya que en lugar de acumular fortuna, invertíamos casi todo en comprar otros terrenos.
El sol, las tareas y las tristezas acumuladas amasaron mi cuerpo y me convertí en vieja a los treinta y cinco años. No puedo decir que todo eso fue en vano, aunque no tuve hijos para heredar esos dominios, mis hermanos y sus familias lo hicieron, ellos se ganaron con trabajo constante y honradez hasta la última partícula de polvo. Para mí, fue un desafío. La conquista, el amor a esa nueva tierra, conquistó mi vida finalmente.
La figura de la viejita fue deshaciéndose, hasta no quedar ni una sombra.
Me quedé pensando. En ella y tantas que dieron todo de si por un futuro incierto.
Tan ensimismada estaba que prácticamente no oí a mi marido, que había entrado silenciosamente y me observaba desde un rincón de la habitación.
-¿Escribiendo?
-Ojalá. No encuentro ninguna idea tangible. Solo vienen y van fantasmas que no se concretan en nada real.
-¿Qué tema es?
Se lo dije.
-Bueno. Creo que eso es fácil. ¿Qué tal si contás tu propia historia?
Sonreímos, evocando viejos recuerdos. Suspendí la compu, apagué la luz y nos fuimos a sentar al jardín, sobre el pastito tierno en medio de la oscuridad.
Un cuento puede esperar. Son incontables los temas que nos envuelven a nosotras, las mujeres.
Mujeres que aprendemos, trabajamos, amamos, soñamos, vivimos  formando parte de este  mundo, nuestra pequeña gran Tierra, otra mujer vapuleada por los tiempos, las crónicas y las desmemorias .
¿Cuántas estarán pensando en pasados y futuros?
¿Cuántas imaginaran historias fantásticas entorno a ellas, ya sean reales o no?
Creo que ya tengo mi historia…


Desde un rincón del cielo, una estrella fugaz, barre la oscuridad de la noche.

Clara Silvina Alazraki


Imágenes (por orden):




viernes, 12 de enero de 2018

Un problema pequeñito...

Un cuento para pasar el calor, o el frío, dependiendo del lugar en el Globo donde uno esté situado. Para acompañar con helado o sopa y un buen chocolate.
Espero les guste
:D 

Un problema pequeñito

Juanita estaba cansada. Sabía que solo tenía que esperar unos días para que el fin de temporada fuera un hecho, entonces, tendría tiempo para tomarse unos días e ir al médico.
Con muchísimo cuidado, como siempre, comprobó
que el candado de las vitrinas que mostraban las colecciones de monedas, fustas y facones históricos, estuviera bien cerrada. Luego,  recorrió cada habitación, buscando a curiosos retrasados. En el Salón de los Trajes Antiguos, descubrió una mariposa de polilla revoloteando en círculos. La miró con preocupación. Buscó el insecticida que la química preparada especialmente para ellos  y roció la ropa en cantidad. Posteriormente, giró los canceles, corrió algunas sillas que estaban desordenadas. Con una pálida sonrisa, se despidió del cuidador nocturno, que acababa de llegar. Recogió de su casillero el largo gabán marrón, el bolso tejido y se fue a casa.

La esperaba su gatito gris, sus plantas, un poco maltrechas, y una pila de platos sucios sobre la mesada de la cocina. Sin embargo, pareció no advertir nada. Solo le importaba el dolor de espalda. Cada vez más fuerte y angustiante.
Buscó en su celular los números de las clínicas que podían atenderla  en la guardia. Averiguó. En el primer lugar que le dieron el sí, avisó que iría de inmediato. Dejó sus datos y llamó a un taxi.
Juanita tomó su abrigo y esperó sentada, ensimismada en pensamientos que la llevaban muy lejos de allí. Una bocina la despertó. Salió de su casa corriendo, ni se fijó si había cerrado la puerta con llave.
El chofer era alegre. Bromeaba, hablaba sobre el clima y los problemas del día a día. La conversación se esfumaba cuando llegaba a ella.
-Disculpe- se excusó- estoy muy adolorida.
En el Hospital, una enfermera un poco amodorrada, cotejó los datos con su carnet, le cobró los honorarios y la guió hasta un consultorio largo, con camillas y cortinas que daban un poco de intimidad a cada paciente. Sus piernas  quedaron colgando, como si tuviera 4 años y su madre la hubiera dejado en la plaza para hamacarla.

Un médico grande, pelirrojo y barbudo la interrogó.
 Ella, le contó que hacía casi un mes había comenzado el dolor (él, cejas alzadas, como diciendo, ¿y ahora, a medianoche, decidiste venir?). Qué estaba en su trabajo, que era imposible (remarcó imposible, como si lo escribiera en negrita y subrayado) tener un momento libre para ella, que por eso había pasado tanto tiempo en decidirse.
 El médico le pidió que se quitara la ropa de la parte superior y se acostara boca abajo en la camilla.
Juanita sentía que hervía de vergüenza (ella era la auténtica “señorita”, impoluta en sus casi 60 años de vida). Se quedó quieta. Muy quieta, mientras en su cabeza desfilaban desaforadamente escenas de noticieros y películas, donde hombres depravados, con doble identidad hacían las más ruines atrocidades a mujeres solas que caían en la guardia de un hospital con dolor de espalda.
El doctor se acercó y la observó (miró su espalda curvada y huesuda, con la piel demasiado blanca, demasiado tersa para su edad).  Un rato largo estuvo así, sin decir nada. Sin decirle nada. Por el rabillo del ojo, vio que tomaba un bisturí, unas pinzas y empapaba unas gasas en antiséptico. El olor a iodo le dio arcadas pero no sintió la mínima sensación mientras él trabajaba sobre su espalda y le preguntaba sobre su empleo. Ella le contó sobre el Museo Histórico de la Ciudad, donde trabajaba desde hacía unos cuarenta y pico de años, su segundo hogar, su “familia” adoptiva, lugar donde el dolor había nacido de golpe, mientras realizaba una de sus recorridas.
El dolor que a veces no la dejaba respirar.
El dolor fugaz…
El dolor que…
El dolor había desaparecido.
-Ahora comprendo- dijo el doctor mientras una sonrisa le partía la cara en dos

- Era solo… era un pequeño problemita alojado en su espalda- , y le mostró el sable corvo que acababa de extirparle.

Clara Silvina Alazraki


El cuento en audio:


Música de fondo del audio: "Cuando nada te debía", de Cajita de Música Argentina

Imágenes:
* Foto de Emilio... bebé gatuno de mis sobrinas

jueves, 21 de diciembre de 2017

Historias para compartir en tiempos de Navidad

Para la familia y amigos, un regalito anticipando este 24 de diciembre.
Esperemos que el milagro de la hermandad sea en cada corazón y traiga paz a todos, especialmente, a nuestra Patria...

La mancha de Navidad

Ya han pasado casi dos horas de este nuevo 25 de diciembre.
Supuestamente,  Papá Noel hubiese debido a pasar a las 12,  pero algo le pasó.

Tal vez chocó su trineo.
O el tráfico no lo dejó concluir su trabajo.
O un reno se comió todos los turrones y se descompuso.
Muchas cosas pudieron suceder,  porque esta noche,  mi árbol despertó vacío de regalos.

Recuerdo cuando sonaron las sirenas y los primeros fuegos artificiales anunciaron la Navidad. Fui,  mire, oí, pero lo único que me interesaba realmente,  eran esos paquetitos que asomaban entre las ramas artificiales del pino de plástico. Ninguno fue para mí.

 Estuve a punto de llorar pero me detuvo la mirada triste de mamá. Entonces miré los regalos de mis hermanitos y, ¡sorpresa! Al más chico le había tocado un oso viejo y peludo que había sido mi primer compañero de juegos.  El paquete de Marita,  tenía un collar de cascabeles y chapitas de gaseosas,  en cambio el de Matías, era una lata con rulemanes,  tuercas y arandelas.  Josefina,  la del medio,  bailaba con un disfraz de hada reciclado de un viejo vestido de fiesta de mama. Y así todos…

Papá me llamo despacito y me contó al oído cosas que yo ya sabía. Que está sin trabajo,  que son muchos siete  chicos para conformar a todos, que lo perdonara  porque la imaginación había fallado  cuando quisieron hacer algo para mí. Lo abracé fuerte,  para que no viera mis ojos,  a punto de desbordar de lagrimones y le susurré  que no importaban los regalos sino que fuéramos felices y que estuviéramos juntos. Después,  me fui afuera y disimuladamente me limpié la cara.

Fue  en ese momento que lo vi. Detrás de la casa, saltando el alambre tejido iba a papá Noel,  corriendo como loco (claro,  le faltarían muchas cosas por repartir).
Volví adentro, miré abajo del árbol pero no,  no había nada.
¿Para qué habrá venido?,  me pregunté con rabia.

En eso llegaron mis amigos y armamos el medio del potrero un picadito de fútbol.
Mamá me gritó que cuidara a los más chicos y que no nos acostáramos mucho más tarde. Un rato después tuve que volver a casa porque los nenes cabeceaban y se iban a dormir entre los pastos altos.

Nos acostamos y bueno, no pude dormir.

El reloj cantó las 2 y yo seguía con los ojos como dos faroles.

Es difícil soñar cuando la cabeza es un lío de palabras como…
¿Para qué habrá pasado por el fondo este tarado de Papá Noel si no me trajo nada?
 Papá Noel no existe,  José,  sos un chico grande,  tenés 11 años y todavía seguís creyendo en eso…
Está bien,  me pueden decir,  me puedo decir que ese tipo no existe pero, ¡¡¡yo  lo vi!!! Yo lo vi saltar el alambrado…

Otra vez se me atragantan las lágrimas. Me doy vuelta en la cama y quedo mirando la pared. Allí,  una mancha de humedad extiende sus dominios.  En su centro,  un dibujo comienza a formarse. Es mi juego preferido desde que nos robaron la tele.

Por la ventana entra la luz de la calle y da justito sobre la pared. La mancha es como una nube que se transforma en millones de seres, lugares,  mundos.  
Sin embargo, hoy esta rara. Su forma es casi casi como la de esta casa,  un ranchito pobre con techo de paja en vez de chapas. Hay una mamá y un papá con un bebé chiquito, en lugar de siete hermanos, y la luz parece llegar del cielo,  de las estrellas,  en vez de la calle.

El nene me mira y sonríe y en ese momento,  la escena parece volverse más luminosa.
Una voz suave, como el tintinear de muchas campanitas de cristal, me habla desde la pared.
“José”,  me dice, “José,  como mi papá de la tierra.  Mirá el cielo y elegí la estrella más hermosa o, mañana,  levantate temprano y te regalo un hermoso día de sol o te ayudo a  hacer un gol… No llenes tu cabecita con problemas sino con luz,  paz,  amor…”
“Sí,  pero… ¿para qué vino Papá Noel,  me querés decir? “  le preguntó.
El bebito vuelve a sonreír y me sigue hablando.
“Tal vez te duela lo que te voy a decir,  ese ser no existe. Sólo está en tu imaginación y en las vidrieras de las jugueterías, pero yo si soy real.  Hoy estoy naciendo por dosmilésima vez en ese mundo y por primera, en tu corazón. Cree en lo que te estoy diciendo,  José, esto es  mucho más grande y maravilloso que lo otro…”

Y debe ser así nomás,  porque la mancha de la pared,  que siempre cambia su forma en segundos,  sigue igual que antes: el ranchito,  la mamá, el papá y el bebé charlatán.

No sé si es por las palabras dulces o por la canción de cuna que ahora canta la mamá,  que mis ojos se van cerrando y,  por fin,  me duermo, aunque antes alcanzó a ver los primeros rayos del sol, que pegan contra mi pared y delinean con luz de oro al chiquito que me sonríe.

Clara Silvina Alazraki

El relato en audio:



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